CRUSH. Rituales de Inocencia

 

Desde niños sentimos la necesidad de jugar; sin embargo, pareciera que los juegos actuales hubieran desvirtuado la esencia del juego. Estamos en una sociedad caracterizada por la racionalidad instrumental, por el trabajo y la educación, cuyos cuerpos dóciles no pueden permitirse un juego libre y despreocupado. Tanto es así que en las fiestas infantiles se contratan recreadores para que los niños usen bien el tiempo. Entonces, los juegos se convierten en un simulacro que pone en evidencia su falsedad. 
Aun así, el juego se resiste a ser instrumentalizado y busca la manera de sobrevivir. Cientos de juegos disponibles en la web son muestra de ello. ¿Quién no ha jugado al menos una vez Candy crush desde su Smartphone? Juego virtual que consiste en alinear dulces desde ciertos patrones y niveles de complejidad. Un juego, considerado banal o una pérdida de tiempo, se convierte en el punto de partida de la propuesta plástica de María Isabel Vargas. 


El juego es una acción libre, que se desarrolla dentro de un tiempo y espacio determinados. Además, no tiene finalidad alguna, se juega solo por jugar, por imitar, por dejarse llevar por el movimiento; aunque también sirve para actualizar, representar y realizar un acontecimiento cósmico. Por esta razón, se vincula con la esfera de lo sagrado. En este aspecto, está la fuerza de la obra de la artista; surge un desplazamiento hacia lo más originario del juego, hacia esas preguntas transcendentales sobre lo sagrado que el hombre primitivo se formulaba. Aparece así la palabra Divine. Si bien es una de las expresiones del juego Candy crush, Vargas la usa para jugar y hacernos preguntar: ¿qué es lo divino?, ¿qué debe ser adorado?

 

Los mitos revelan ese misterio; los dioses crean el universo, les enseñan a los seres humanos cómo comportarse y estos, en agradecimiento, deben rendirles culto. El mito es la poetización de los acontecimientos espirituales y cósmicos fundamentales y el rito es la acción sagrada que representa tales acontecimientos. El mito y el rito surgen en la esfera del juego, ambos van de la mano. 


Si los rituales implican una representación de los acontecimientos sagrados, el cuerpo debe disponerse para presentarlo. Por esta razón, parte de los rituales implica adornar la cara, ataviar el cuerpo, de una manera distinta que en la cotidianidad. Tal acto obedece, asimismo, a un impulso lúdico. Los adornos van más allá de la superficialidad del maquillaje; las plumas, los colmillos o las pieles de animales son símbolos del poder, del misterio que ocultan los espíritus de los animales sagrados. En Crush, rituales de inocencia, la gracia juguetona se muestra en la disposición de los dulces en los rostros de las personas de la Tribu Candy, en la elaboración de cada helado de La heladería, en las pinturas Lollipop y Crush, en la columna de grecas hechas con masmelos, en las vitrinas de dulces.


Ahora bien, la sociedad contemporánea parece haber olvidado también los rituales ancestrales, en especial, los rituales de paso; ceremonias en las cuales cada individuo cambiaba de posición dentro de su grupo. Los rituales de paso se enmarcan en momentos trascendentales de la vida: el nacimiento, la pubertad, el matrimonio y la muerte. En el caso de los rituales relacionados con la pubertad, los niños y las niñas eran sometidos a una serie de pruebas para demostrarle a su comunidad que ya eran adultos. Algunos de estos rituales superviven en ciertas celebraciones religiosas. Y en los cuentos de hadas aún resuenan sus ecos en los relatos de las hazañas del héroe.


Crush, rituales de inocencia da una vuelta de tuerca a los rituales de paso puesto que el cambio no se da de la infancia a la adultez, sino de esta hacia la infancia. A manera de los pasos de una celebración, la muestra se configura a través de Tribu Candy y La heladería. Un volver al estado de inocencia, a un estado en donde el individuo posee en sí toda su potencia creadora y la capacidad de afirmarse a sí mismo. En esa medida, el juego que propone la artista convierte el espacio de la galería en un lugar que se consagra para unos rituales de paso hacia la inocencia. 


Las personas de la tribu, los helados y las pinturas participan en un juego, en apariencia pueril, pues las comidas infantiles son su elemento constitutivo: helados, dulces, gomas, algodón de azúcar y bombones. No obstante, tal juego es sagrado. Relatos que nos cuestionan con lo trascedente, con los dioses y con los demás, que nos llevan a nuestra infancia, cuando esperábamos con impaciencia la repetición ritual del encuentro con el camión de helados que pasaba todos los domingos a la misma hora, la misma historia para antes de dormir relatada una y otra vez, el día de Halloween para convertirnos en los héroes y recoger un inmenso botín de caramelos, el chocolate caliente al regresar del colegio. Rituales de inocencia que nos cuentan esas fábulas oídas en la infancia; rituales que nos recuerdan que dentro de nosotros hay una potencia creadora para reinventarnos en un mundo que no admite el tiempo libre ni las acciones sin fin.

 

Adriana González Navarro
Magíster en Estética e Historia del arte
CURADORA

 

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